Alfonsín ganó
la presidencia de la República Argentina en 1983 con el 52% de
los votos que incluía una amplia constelación de grupos
con diferentes expectativas. Este hecho marcó el primer momento
en la historia argentina en que el Partido Peronista fue derrotado en
una elección clara y abierta. Mientras celebrábamos los
resultados de la elección en la casa de Dante Caputo, estábamos
preocupados sobre lo que el futuro traería. Todos sabíamos
que ningún gobierno democrático había finalizado
su mandato desde el gobierno de Alvear en 1928. Nuestro trabajo acababa
de comenzar.
Tan pronto como Alfonsín
fue elegido, comenzó a articular claros parámetros para
lo que debía hacerse. En primer lugar debía emprenderse
una búsqueda inmediata del paradero de los desaparecidos. Respecto
del castigo, Alfonsín impulsó tres principios que servirían
como guía:
1) tanto el terrorismo de Estado como el subversivo serían castigados;
2) habría límites para quienes deben ser responsables, porque
sería imposible perseguir eficazmente a todos los que cometieron
delitos; y
3) los juicios deben ser limitados aun período finito de tiempo
durante el cual el entusiasmo por este programa se mantuviera en niveles
altos. Alfonsín también impuso metas más lejanas
con la esperanza de institucionalizar mecanismos jurídicos diseñados
para prevenir la violación futura de derechos humanos.
Durante este período Jaime Malamud y yo, junto con políticos
radicales a quienes se les asignaron posiciones en el gabinete, comenzamos
a trabajar en los detalles del programa de derechos humanos. Primero completamos
las medidas con vistas al futuro con la ayuda de D'Alessio, Gil Lavedra
y Paixao. Luego volvimos nuestra mirada a la cuestión más
difícil, es decir, la de la justicia retroactiva.
Dado que las posiciones judiciales existentes no serían a príori
respetadas, dado que los jueces habían jurado el estatuto de los
militares, Jaime Malamud comenzó la reforma de la justicia federal.
Propuso nuevos ministros de la Corte Suprema; y Carrió fue inmediatamente
aceptado como presidente de la Corte. Los jueces en tribunales políticamente
sensibles, principalmente la Cámara Federal de Apelaciones en lo
Criminal de Buenos Aires, que jugaría un rol integral en la respuesta
a las violaciones de derechos humanos, fueron reemplazados.
Tuvimos también varias reuniones con Antonio Tróccoli, quien
sería el ministro del Interior, con Raúl Galván,
quien sería el subsecretario del Interior, y con Horacio Jaunarena,
quien luego asumiría el cargo de secretario de Defensa. Jaunarena
sostenía la visión más estrecha de la justicia retroactiva
afirmando su impresión de que sólo los miembros de la Junta
deberían ser llevados a juicio. Galván, Jaime y yo creíamos
que los juicios, para superar la extendida práctica de la impunidad,
deberían ser más amplios. Tróccoli tomó una
posición más neutral, a pesar de que en general se alineaba
con Jaunarena.
Dentro de este grupo de trabajo, redactamos una ley aprobada por Alfonsín,
diseñada para limitar la responsabilidad basada en la capacidad
de deliberación y en una reinterpretación de la cláusula
de obediencia debida del código militar. También comenzamos
a discutir la posibilidad de formar una comisión para investigar
el destino de los desaparecidos; los grupos de derechos humanos creían
que debería ser una comisión bicameral del Congreso pero
Alfonsín pensaba diferente.
La jurisdicción para los juicios era un punto de controversia.
Jaime y yo creíamos que los tribunales civiles debían gobernar
los juicios o, como alternativa, que los tribunales militares debían
retener su jurisdicción sólo sobre las audiencias previas
al juicio.
Borrás, Jaunarena y Tróccoli proferían la jurisdicción
militar. Un encuentro crucial presidido por Alfonsín tuvo lugar
en 6 de diciembre de 1983 en el Hotel Panamericano. Presentes en él
estuvieron: Borrás, Tróccoli, Jaunarena, Malamud y yo. Comenzamos
leyendo las propuestas legislativas respecto de derechos humanos para
el futuro. Fueron todas aprobadas. Cuando luego avanzamos sobre la cuestión
de los juicios, el principal punto de controversia seguía siendo
el de la jurisdicción. La idea de audiencias previas al juicio
aparecía como una pesada carga. Alfonsín concluyó
el encuentro asumiendo en forma tentativa la posición de que los
tribunales civiles eran el foro apropiado. Arreglamos reunirnos nuevamente
al día siguiente.
Mientras tanto, La Razón, un diario vespertino supuestamente ligado
a los servicios de inteligencia, publicó la mayor parte del contenido
de nuestra reunión en su edición de esa misma noche. Jaime
y yo estábamos bastante preocupados. Sabíamos que un participante
de la reunión debía haber sido el informante y temíamos
que Alfonsín sospechara de nosotros debido a que éramos
los menos cercanos a su administración. A la mañana siguiente
mencionamos este tema. Él nos mostró la ventana señalando
hacia el lado opuesto de la ancha avenida, afirmando que nuestras conversaciones
estaban siendo grabadas con un micrófono direccional que detectaba
las vibraciones de la ventana. Sin embargo ahora la policía había
instalado un instrumento para prevenir esta detección.
En este encuentro, Alfonsín volvió sobre los pasos de su
anterior posición y se sumó a la opción de utilizar
tribunales militares en primera instancia, con un amplio derecho a apelación
ante los tribunales civiles. Creímos que la suya era una buena
propuesta de compromiso, y nos pidió que finalizáramos el
proyecto.
No sabíamos qué posiciones, si alguna, tendríamos
en el futuro gobierno. Cuando volví de un viaje académico
a Mendoza el 8 de diciembre, Jaime me dijo que Alfonsín quería
nombrarnos sus asesores. De esta manera con gran alegría y emoción,
fuimos nombrados asesores presidenciales el día previo ala asunción
de Alfonsín como presidente. Mientras tenían lugar las ceremonias
de asunción ellO de diciembre en medio de un enorme entusiasmo
público, nosotros nos encontrábamos trabajando frenéticamente
en los proyectos legislativos y en los decretos que iniciarían
la persecución penal.
En el discurso inaugural de Alfonsín ante la Asamblea Legislativa
él abogó, en términos generales, en favor de una
investigación acerca del destino de los desaparecidos y por la
consolidación del Poder Judicial, de manera tal que tuviera las
armas suficientes como para distinguir entre los tres niveles de responsabilidad.
El 13 de diciembre, cuando todos los proyectos legislativos estuvieron
completos, Alfonsín habló en todas las radios y canales
de televisión exponiendo su programa de derechos humanos. Enfatizó
que estas metas incluían la reinstalación del estado de
derecho y la prevención de violaciones a los derechos humanos en
el futuro. La impunidad era incompatible con estos principios. Mientras
que la persecución de la verdad sería irrestricta, el castigo
sería limitado, sopesando consideraciones preventivas más
que retributivas, y la necesidad de incorporar a todos los sectores en
el proceso democrático.
El Presidente entonces
anunció su paquete de medidas hacia el futuro, que incluía:
-La derogación de todas la leyes draconianas contra la subversión
sancionadas por los anteriores gobiernos peronista y militar .En su lugar
serían sancionadas leyes para apoyar la democracia, que convertirían
en delito todos los actos que pusieran en peligro el sistema constitucional,
especialmente por parte de las fuerzas armadas o de seguridad.
-La sanción de una ley que castigue la tortura con la misma sanción
que la reservada para el asesinato. Haría responsables a los directores
de prisiones, jefes de policía y miembros de cuarteles militares
responsables por los actos de tortura cometidos dentro de su jurisdicción.
-La abolición de la jurisdicción militar para civiles.
-La reforma del Código de Procedimientos Federal en materia penal,
limitando la duración de los procesos y haciendo más fácil
la obtención de la excarcelación.
-La sanción de una ley que prohibiría la discriminación
pública y privada.
-La ratificación de varios tratados internacionales de derechos
humanos, incluyendo la Convención Americana de Derechos Humanos
(lo que suponía aceptar como jurisdicción obligatoria la
de la Corte Interamericana de Derechos Humanos), el convenio de las Naciones
Unidas sobre derechos civiles y políticos y el convenio de las
Naciones Unidas sobre derechos económico-sociales.
-La reforma del Código Militar para abolir efectivamente la jurisdicción
militar sobre delitos comunes cometidos en conexión con actos de
servicio.
Luego Alfonsín anunció
su programa para enfrentar los hechos del pasado. Este programa incluía:
-Un procedimiento similar
al del hábeas corpus a través del cual los civiles sentenciados
por tribunales militares podían lograr la revisión de esas
sentencias en tribunales civiles.
-Una ley que acortaba los tiempos de encarcelamiento para los detenidos
por exagerados motivos de seguridad.
-La anulación de la ley de amnistía. Alfonsín llegaba
a la conclusión de que la ley de amnistía violaba el principio
de igualdad reconocido en el artículo 16 de la Constitución;
otorgaba poderes extraordinarios al Ejecutivo violando el artículo
29 de la Constitución; y al ser una ley de facto moralmente inaceptable,
carecía de la presunción de validez en el sentido de obligatoriedad.
-La modificación del Código Militar, reconociendo la jurisdicción
militar, pero otorgando a la Cámara Federal de Apelaciones amplios
poderes de revisión de las decisiones de aquella jurisdicción.
-La modificación de las normas del Código Militar respecto
de la obediencia debida. Respecto de esta justificación se creaba
una presunción iuris tantum a favor de aquellos que siguieron órdenes
que en definitiva violaban derechos humanos y que cometieron un error
respecto de la legitimidad de las órdenes. Esta presunción
no debía alcanzar a quienes tenían capacidad de decisión.
-La sanción de decretos ordenando el inicio de procesos judiciales
contra los líderes de los movimientos guerrilleros de subversión
y también contra los miembros de las tres juntas militares.
Carlos S. Nino
de 'Juicio al mal absoluto'
op. cit.
"El tratamiento de los problemas generados
por la violación de los derechos humanos, teóricamente al
menos, pueden seguir tres políticas:
1.-El olvido, a través de una ley de amnistía,
o simplemente por inacción. Esta forma se ha seguido casi siempre,
incluso en Latinoamérica.
2.-El procesamiento de absoultamente todos los
que pudieran resultar imputados. No se ha aplicado nunca. Resulta evidente
que habría imposibilidades de tipo jurídico y fáctico.
3.-La condena de conductas paradigmáticas
con el propósito de demostrar que no existe impunidad y evitar
su reiteración en el futuro.
Este último camino fue el que seguimos.
No hay antecedentes en el mundo de ningún país que haya
actuado con la intensidad con que lo hizo Argentina."
RAUL RICARDO ALFONSÍN,
en 'Democracia y Consenso', Corregidor, 1996.