En el siglo VIII a.C., Hesíodo empieza su Teogonía invocando a las Musas, y relatando su origen. Hijas de Zeus y Mnemosine, la diosa de la memoria, las Musas tienen el poder de curar con su voz melodiosa y su corazón tranquilo las penas de los hombres. Hijas de la memoria son Talía y Melpómene, las musas de la comedia y la tragedia, pero también lo es Clío, la musa de la historia. Según la mitología griega, según aquel imaginario cultural en el que abreva la civilización de Occidente, el arte y la historia son hijas de la memoria.
¿Es posible hablar de una memoria light? Suponerlo, significaría aceptar que ha habido un proceso de aligeración de otra memoria, de una memoria original. Suponerlo, significaría dar por hecho que ha habido una operación de manipulación de la memoria. Pero es sabido que es difícil manipular la memoria sin que ésta retorne a través de la repetición de aquello que se ha querido olvidar. La memoria se rebela contra toda manipulación y retorna en un síntoma, en un trauma, en una pesadilla recurrente, en la repetición infernal de las tragedias de los pueblos. Sin duda ha sido siempre más sencillo manipular la historia.
Bien lo supo la dictadura argentina al crear la figura del desaparecido. No está. No existe. Lo que se borra sin dejar rastro no entra dentro del archivo de la historia. Por eso me gustaría dar vuelta la pregunta que nos convoca e interrogar si es posible que haya historia sin memoria. Como dice Carlos Fuentes, en su artículo Salvados por la memoria sobre los genocidios del siglo XX (Rep. por Página 12 en marzo de 2000): “La memoria le da su verdadero sentido a la historia, la salva de la pretendida objetividad de los hechos de archivo, la conecta a la vez con la colectividad y con las vidas personales”. La dictadura, finalmente, no ha podido escribir su historia, porque la memoria ha retornado, una y otra vez, a proclamar su verdad. Como en la Teogonía de Hesíodo, la historia es hija de la memoria, y es imposible borrar esta filiación.
Hace muy poco me invitaron a participar de una mesa redonda donde se pretendía hacer un balance de la literatura argentina en los veinte años de democracia. Me pareció importante recordar que diciembre del ’83 significó el retorno al Estado de Derecho en términos de recuperación de las instituciones democráticas y de las libertades individuales, pero que de ninguna manera significó el fin del proyecto económico que en el ’76 había implantado la dictadura de la mano de Martínez de Hoz. Por el contrario, dicho proyecto se afianzó y alcanzó, a través del peronismo menemista, su máxima expresión en los ’90. De modo tal que si bien el ’83 marcó el final del terrorismo de Estado no significó el fin del terrorismo económico. Y es bajo el imperio del proyecto neoliberal que se desarrollaron las políticas culturales en la Argentina de estos veinte años. Las nociones de fin de la historia y de muerte del sujeto, que caracterizan aquello que se ha dado en llamar el posmodernismo, hegemonizaron el pensamiento mundial de las últimas décadas. Frederick Jameson ha reflexionado precisamente sobre el posmodernismo como la lógica cultural del capitalismo avanzado. Y al referirse a la realidad argentina y al papel que jugaron los intelectuales en los ’80 y los ’90 opina León Rozitchner: Su papel fue “el principal: confundir lo posible con lo dado. Por esa vía, terminaron aceptando la situación histórica actual como inamovible. Se han rendido a la realidad, lo que en la práctica significa una actitud resignada (y –agregaría yo– cómplice) ante todo este campo internacional ganado por el neoliberalismo o por el fracaso del socialismo”. En su libro Rebeldes y domesticados, dice Raquel Angel de los intelectuales que comulgaron con el menemato: “Sin raíces ni puntos de referencia: ésa ha sido la carta de presentación de un sector de los intelectuales ante el gobierno de Menem. Una asimilación que supone proscribir del propio discurso todas las marcas sociales, fabricar novedades con los desechos de la historia y no volver a experimentar –si alguna vez lo hicieron– la tentación de torcer y modificar el rumbo de las cosas, de arrancarlas de su Identidad, construcción social y subjetiva pasividad y su condena.” Como se lee en un ensayo de fines de los ’80 sobre los renegados del Mayo francés: “La mayor parte ha abandonado el trabajo abrasador de la memoria y hoy ya no espera nada. Sólo aprovechan y prosperan”. La celebración de la cultura posmoderna supone un proceso de amputación de la memoria. Quisiera referir a propósito un episodio que ya he comentado alguna vez en una charla promovida por Abuelas, y que ilustra muy bien esta cuestión del pensamiento posmoderno como correlato cultural del sistema dominante.
A mediados de los ’90, cuando ya se había consumado el saqueo del patrimonio nacional vía la reelección de Menem, me invitaron a participar, junto con otros dramaturgos, de una mesa en la Feria del Libro. Se nos pedía que habláramos sobre el imaginario creativo de cada uno. Yo comencé a hablar de mi trabajo con la memoria, de mi indagación en los orígenes, que supone siempre una condensación que trasciende la historia personal, que se inscribe en una historia colectiva. Cuando terminé de hablar, un joven y exitoso dramaturgo que pareció sentirse muy irritado por mi proceso creador, dijo que él pensaba todo lo contrario, que de lo que se trataba era de matar la memoria, de aniquilar la historia. No me sorprendió tanto la intervención del joven dramaturgo, quien probablemente haya querido expresar un pensamiento provocador muy saludable a sus años, sino la fervorosa acogida que sus expresiones tuvieron en el crítico que coordinaba la mesa, y en el público, todos ellos ciudadanos de un país hendido por el terror y la muerte justamente en aras de la supresión de la memoria, del borramiento de la historia. En aquel momento comprendí hasta qué punto la dictadura había llevado adelante su plan de exterminio.
A partir de diciembre de 2001, con el colapso del proyecto neoliberal en la Argentina, algo de su correlato posmodernos parece haber empezado a resquebrajarse. Los mismos teatristas que en los ’90 adhirieron a las nociones de fin de la historia y muerte del sujeto, ahora quieren “reivindicar el gesto del puño levantado”. Y se plantean la necesidad de restituir el discurso político. Es también en 2001 que surge Teatro por la Identidad, un movimiento que, como Teatro Abierto en Memoria light: ¿hay memoria sin historia?. su momento, vuelve a llenar las salas de un público que trasciende el espectador de teatro habitual, y que vuelve a instalar en el escenario cuestiones que hacen a la historia de la comunidad. Es difícil evaluar hasta qué punto los gestos más recientes del poder político contribuirán a disipar la amnesia social que tanto conviene a quienes persisten en manipular la historia según sus intereses.
Es difícil saber si los intelectuales y artistas de los nuevos tiempos podrán reconocerse como hijos de la memoria. Cuando Hugo Mujica reflexiona sobre la misión poética cita a Heidegger: “Poetizar es recordar”.
Y así como no podemos “desgrasar” nuestros recuerdos porque se rebelan retornando, tampoco puede el poeta romper el hilo del origen sin que su canto deje de conmover el corazón de la humanidad. Quisiera terminar con una bella reflexión de Mujica sobre la poesía: “Se trata, en síntesis, de descubrir lo que el pasado alberga y pulsa de posibilidad. El pasado original es por tanto originalidad de futuro, lo por-venir que nos ad-viene: adviento de lo original. Es la tradición que se remonta a su fuente para surgir desde allí impregnada y preñada de futuro”.
Patricia Zangaro es dramaturga. Ha estrenado, entre otras obras, Pascua rea (1991), Por un reino (1993), Última luna (Nîmes, Francia, 1998), Las razones del bosque (2002). Ha trabajado en las versiones de Shylock, el mercader de Venecia, con dirección de Robert Sturua (1999), La tempestad, con dirección de Lluís Pasqual (2000), Don Chicho, con dirección de Leonor Manso (2003), entre otras, como dramaturga. Sus obras han sido publicadas bajo el título de Teatro y margen (Ediciones Amaranta, 1997) y en diversas antologías. Desmontajes (Editorial La Bohemia, 2003) reúne algunos de sus trabajos teóricos. Ha obtenido los premios Leónidas Barletta (1991 y 1996), Trinidad Guevara (1996), Pepino el 88 (1995/1996) y otros. Sus obras han sido traducidas al francés, inglés y portugués. Es autora de A propósito de la duda que dio inició al ciclo de Teatro por la Identidad, y se estrenó en el 2000, con dirección de Daniel Fanego.
Texto extraído del libro: "IDENTIDAD, construcción social y subjetiva". Primer Coloquio Interdisciplinario de Abuelas de Plaza de Mayo.